Viernes Casual - 28 de Junio.
Ahora mismo, una de mis queridas amigas se encuentra en una batalla campal con el ex marido, pobre, ese sentimiento de poder ser una asesina en potencia y no saber qué hacer con todo eso que se le atora por todas partes. Uno nunca queda igual de sus facultades mentales y emocionales cuando le tienes que prender fuego a lo que alguna vez te quiso tanto.
Todo lo que un humano es capaz de sentir, lo siente cuando sabe que ya no le puede llamar a esa persona a cualquier hora del día para contarle cualquier tontería. Cada parte de la casa que compartieron se convierte en un campo minado. Cocina: una cafetera que ya no se usa, porque en esa casa el único que tomaba café, era él. Ahí está, oxidándose cada día un poco. Baño: estantes semi vacíos, no más voltear los ojos porque dejó la pasta de dientes sin tapar, o porque nunca deja la botella de shampoo donde debería. Sala: el lugar de donde se ve mejor la televisión ya es tuyo. Comedor: esa mesita de Ikea que compraron en su viaje a San Diego, te la dejó. Recamara: donde pones un par de almohadas en forma horizontal junto a ti para irte acostumbrando al frío que da en la espalda cuando no duermes con nadie.
Todo es una bomba. Ahora, vives en un lugar lleno de gas, sabiendo que si prendes un cigarro lo puedes volar todo. No, no eres tan valiente. Tampoco se acaba de esa manera, se acaba de la peor, dejando que pase el día y la noche mientras tú tratas de sobrevivir.
Le ayudé a limpiar libreros, a re ordenar los suyos y a guardar en cajas los de él, se los iba a mandar, incluso cuando él le pidió que no lo hiciera, que se quedara con ellos. Él se había llevado, en la mano, los únicos que le interesaba salvar. Qué furia saber que no te quiere volver a ver ni para regresarle sus libros. Aunque para mí, es una manera más de dejar de pelear por lo vacío. Por lo que ya no es.
Le recomendé llevarlos a una biblioteca y donarlos. A venderlos en Donceles. Lo que fuera, pero que ya no lo viera. Ya no era necesario, él ya no necesitaba ni quería esos libros. Le dije que yo me los quedaba, en el peor de los casos a mí no me representan ninguna otra forma de amor más que tener una docena que leer en casos de emergencia.
Tampoco quiso. Quería entregárselos, a fuerza. Siendo para mí un caso de terquedad y de orgullo. Pero nadie sabe cuánto sangra un corazón ajeno. Así que sólo seguí con la labor de una auxiliadora emocional y seguí empacando libros.
Una semana después, mi amiga seguía incendiando sus días al saber que ni siquiera le había llamado para agradecerle nada. No tenía por qué, pero ese comentario me lo guardé.
Otro rechazo más. Y sí, es un rechazo a no volver a ver a esa persona y todos estamos en nuestro derecho de no hacerlo. Para algunos, hay cosas más importantes que recuperar que unos libros, o unos discos, o ropa. Algunos podemos seguir sin eso.
Y yo que soy tan como él, que tampoco me interesa recuperar lo que yo decidí perder.
Y yo que soy tan como él, que tampoco me interesa recuperar lo que yo decidí perder.
Yo no pido de regreso los libros que presto, no me interesa tenerlos de nuevo, siempre podré comprar otras ediciones. Hay libros que se tienen que ir, así como las personas y hay que dejarlos que sigan su propio destino. El pedir tus libros de regreso es pedirle a las personas que no te abandonen, que no te dejen. La gente se tiene que ir, y tus libros o discos o ropa que se quedaron ahí, es porque también merecen otra vida.
Un libro prestado no me representa, ni me significa ni a mí ni a la intención con la que los presté ni tampoco representa el cariño que les tuve a esas personas con las cuales los compartí. Que se los queden, que hagan con ellos lo que quieran. Ahora, son sus libros, no míos.
No regreso a los muertos del país de los libros prestados, ni a la gente del país donde esperan los olvidados.

















