
-¿Qué haces Nena? - Me pregunto la Miss Rosalía
Me quería morir, me sudaron las manos, se me aceleró el corazón y me quedé boquiabierta y ojiplática, no supe que decir y en el estado de paralización en el que me encontraba yo lo único que pensaba era : "ya valí madres, ya valí madres, ya valí madres". No pude esconder el cuaderno, cuando menos lo pensé, Rosalía ya lo tenía en sus manos, frunciendo el entrecejo leyendo detenidamente. Resignada me levante de mi pupitre esperando el grito de "te vas a la dirección" ( como tantas veces me mandaron). Sorprendida vi que camino hasta su escritorio sin decirme nada. ¿No me iba a mandar a la dirección ni me iba a levantar un reporte por no estar tomando apuntes de la clase de Ciencias Naturales?
No, no me mandó a la dirección, terminando la clase me pidió que me quedara unos minutos. Bordando la sensación conocida de nerviosismo ya clásico en mí, me imaginé lo peor. Por mi cabeza caminaron miles de oraciones que iban a salir de su boca con un regaño por estar escribiendo cuentitos en su clase. Tenía todo el derecho; ella, claro está. "Me voy a llevar tu cuaderno hoy". ¡¿Con qué derecho se llevaba esas letras, que son sólo mías?! Me sentí vulnerada, ultrajada, burlada mientras se me llenaban los ojos de lágrimas.
"Escribe Nena, escribe un cuento y lo metemos al concurso de la escuela, yo lo corrijo, yo lo reviso pero escribe". Tres borradores después gané el concurso de la escuela, una niña de quinto de primaria, les ganaba a los grandotes de sexto. Gané el concurso de cuento de la zona, gané el delegacional y llegando al nacional hasta ahí me quedé.
Escribía a mano, en cualquier hoja que encontraba, aprovechaba cualquier momento de cualquier clase para dejar que los personajes de mis novelitas y cuentitos me invadieran. No podía dejarlos sin vida, se me amontonaban y me gritaban: ¡sácanos, sácanos, danos vida!

Mi abuelo me regaló su Olivetti como de 1970, esa que no podías cambiarle la tinta porque era como de tela y daba vueltas infinitas, donde ahora ya no me dolía la mano por escribir, ahora eran los dedos que debían hundirse hasta el fondo para marcar la letra y con la mano derecha correr en manual la separación de renglones.
Luego llegó la Olivetti eléctrica a mí casa. "¡¿Qué tanto escribes Nena, por qué te acabas las cintas, qué haces con ellas?!". Dejé de comprar mis estampas de Hello Kitty en la papelería y mis Chipiletas en la tiendita de la esquina para poder juntar mis domingos y comprar mis cintas y mi corrector azul de marca Pélikan (ese que era como chicle) para que mi mamá no me regañara por usar una cinta de la comunidad. "¡Mamá la Nena descompuso la máquina la "A" ya no funciona", "¡Mamá, dile a la Nena que me preste la máquina tengo que hacer mi tarea y ella sólo está escribiendo bobadas!".
Llegó una IMB, una computadora que tenía la pantalla negra y las letras verdes. La impresora de matriz de puntos era más grande que mi escritorio y debía cargarla y guardarla cada vez que la terminaba de usar. De día, de noche y de más noche se escuchaba tttrrrrrrrrrrr ttttttrrrrrrrrr tttttttttttrrrrrrr tttttttttrrrrrrrr que para mí era música patrocinada por las hojas continuas llenándose de letras. Las mismas que cuando iba a la oficina de mi mamá las robaba. "¡Nena, carajo, es la una de la mañana apaga esa cochinada ya!". Ahora mi dinero lo gastaba en comprar diskettes. En donde uno de ellos está etiquetado como "Libro I". Dios, lo que uno hace.
- Mamá, voy a estudiar Letras Inglesas
- Estás loca
Llegaron las libretas, esas comunes y corrientes que compras en cualquier tienda de museo, Moleskines, con esas páginas en blanco, tan delgadas, tan gruesas, tan finas, tan de papelería, tan decoradas, tan cuadriculadas o rayas y empezaron a llenar y llenar mi librero. Si, tengo un librero con mis letras. Las mías solitas.

Llegó el momento de trabajar en una oficina, dónde todos creían que yo era sumamente responsable porque nunca me veían chacoteando por ahí, yo siempre sentadita atrás de mi escritorio, escribe que escribe. Lo que ellos no sabían es que yo muy cuidadosa metía mi diskette dónde ya se leía "Libro IV".

Y ahora, tengo un blog y escribo para otros medios. Pero esa es otra historia.
¿Por qué escribo? Por que aprendí a saldar deudas con la gente que amo, les escribo a ellos, porque antes de otra cosa soy una contadora de historias, porque me magnifico ante cualquiera que me cuente su vida y los convierto en letras.
¿Por qué escribo? porque me hace más dócil y menos salvaje, porque los dedos se mueven solos, se me entumen si no tienen una pluma que sostener, unas teclas que golpear. La mente se me adormece si no tengo en quién pensar para escribirle.
¿Por qué escribo? porque no conozco otra manera de vivir, porque el cuerpo me lo pide, la imaginación me lo grita. Y así, apaciguo a mis demonios, a ellos también les dedico unas líneas de vez en cuando.
Yo Vivo en función de poder tener cosas que contar. Y de explicarme quién soy.
Y a Miss Rosalía G, eternamente mis comas y mis puntos. Esto siempre está colgado enfrente de mi escritorio.

Y mientras, sigo escuchando la voz de Miss Rosalía diciendome " pero escribe Nena.... escribe".






