19 noviembre 2012





Hablar de Robert Plant es hablar de un cuarto de historia musical. Hablar de él es hablar de Led Zeppelin. Con un Auditorio Nacional lleno hasta el tope y con una tropezada impuntualidad inglesa, una voz en off anuncia “And our guest tonight, Mr. Robert Plant”. Un escenario precario, sólo con una fotografía del dios de oro con símbolos psicodélicos tan… él. No necesitaban decirnos que junto a una de las bocinas había incienso, era obvio. Era Plant.

La historia se repite, un nombre estúpidamente famoso impreso en un boleto es garantía de un sold out. Lo hemos visto en incontables ocasiones: el rockero que tuvo sus días de gloria hace tres décadas tocando sus mismos éxitos una y otra vez, como cinta de Möbius, atrapado en notas que le dieron fama e incapacitado para romper con esa maldición. Lo hemos visto muchas veces, el camino de la nostalgia es muy sencillo de caminar. La misma gente que va a esos shows es la misma que fue hace treinta, veinte y diez años. Hubiera sido muy fácil tomar el mood Zeppelinezco y cantar una y otra vez las mismas canciones. Esas que lo hicieron lo que hoy es, y nadie se hubiera quejado y él se hubiera llevado una ovación de pie. Muy fácil ¿no? Robert Plant y The Sensational Space Shifters demostraron ser todo menos eso.

Abriendo con Tin Pan Valley, Another Tribe -de su disco Mighty ReArranger-, Plant y su super grupo sonaron a un folk, country, bluegrass, rock renovado con percusiones e instrumentos africanos que le dan un toque surrealista a cada una de las canciones interpretadas.
Sus épocas de pantalones de cuero y camisas abiertas quedaron muy atrás saliendo al escenario cómodamente con unos jeans y una camisa negra. Sus movimientos corporalmente agresivos sobre el escenario también quedaron atrás, ya no los necesita, sabe que hay que subirse de manera diferente. Plant se paró frente al público varias veces haciendo un movimiento corporal, agachándose y rozando el suelo mientras “aventaba” con sus manos la vibra a todos los que estuvimos ahí, todos le devolvimos el amor al estar todo el tiempo de pie.

Esto no era un Robert Plant “y su banda tocando atrás”, como tantas veces lo hemos visto. The Sensational Space Shifters -como él mismo los ha llamado modestamente- “son una banda que se asemeja a una bestia multi cabezas llena de sorpresas” y así fue.  Cada uno de sus músicos tiene una personalidad muy bien definida. Su banda lo ha ayudado a explorar las raíces del blues, del country y del folk. La admiración que él siente por cada uno de ellos se notaba cuando alguno tenía una parte importante de la canción y Plant se acercaba a guiñarles un ojo, a darles una palmada en el hombro o simplemente se limitaba a verlos y sonreírles. Me atrevo a poner un pensamiento en su cabeza y me lo imagino diciendo “qué chingones músicos tengo, estoy a salvo con ellos”. Nada más alejado de la realidad.

Una versión de Black Dog, Ramble on y de R’n'R renovadas, que nos dieron un beat al corazón nuevo, aire fresco con el toque de nostalgia que todos buscábamos para identificar los momentos. Sí, también los hubo. Era imposible que se fuera sin cantarnos y sin cambiar la versión en un momento impecable como Going to California, donde no sólo demuestra quién es, sino quién sigue siendo al no forzar ni un sólo músculo de la garganta para alcanzar las notas: uno de los mejores vocalistas que el rock ha tenido. No por nada nombrado como “El dios de oro”.

Plant tomó una buena decisión, arriesgada, atrevida y temeraria al quitarse el estigma de quién fue y tomó un camino diferente. Decidió explorar un género distinto sin evitar el sonido agresivo y prominente que le caracterizó hace más de tres décadas atrás. Es cierto, Plant no es el mismo de antes, pero eso no es necesariamente algo malo. Él está por arriba del estereotipo de la ex-estrella de rock and roll que sigue llenando arenas para recordar una y otra vez lo que fue. En este caso, su show es más contemplativo que otra cosa. Llena arenas por lo que hoy es, reinventándose como un músico de bluegrass. En el caso de Plant, las canciones nunca suenan igual, y esa es la clave para revivir el éxito.
Pequeño diccionario de palabras incomprendidas…

Música: es el arte que más se aproxima a la belleza dionisíaca entendida como embriaguez. Uno no puede embriagarse fácilmente con una novela o un cuadro, pero puede embriagarse con la novena de Beethoven, con la sonata de Bartok para dos pianos o con las canciones de los Beatles. La música libera: libera de la soledad, del encierro, del polvo de las bibliotecas, abre en tu cuerpo una puerta por la cual tu alma entra al mundo para hermanarse. (Milan Kundera, La Insoportable levedad del ser).
Y así fue como se nos abrió una puerta por la cual nuestra alma salió a dar un paseo y después de una hora y media regresó satisfecha y con una sonrisa. Hablar de Robert Plant es decir que la música se hizo para gente como él.

Texto publicado para Letras Explícitas Nov-19-2012

Robert Plant, cuando tu peso vale en oro.

16 noviembre 2012


Qué difícil se me hace escoger los mejores momentos de este Corona Capital que, por mucho, se ha llevado de filo ser el mejor de las tres ediciones. Los organizadores agregaron un día más, lo cual quiere decir que muchos nos quedamos partidos a la mitad, tanto corporalmente como de asombro. Este cartel se tiene que superar o al menos igualar el próximo año.

Cada año más gente va a este evento aunque conozca sólo a dos o tres bandas. Muchos se dan el lujo de, en verdad, ir a conocer y escuchar; a otros no les interesa la música, sólo van porque pueden y también está bien, es el evento del año, pocos se quedan fuera. Es el momento ideal de ponerte esa ropa que nunca usas, aquí se vale de todo. Colores en la cara, combinaciones estrafalarias, looks exóticos. Princesas indies o punks o alternativas que no pierden el estilo nunca, a pesar del calor y sudor que amenazaban con exterminar ese maquillaje impecable. Al menor indicio de daño tenían en la mano un espejo. Superhéroes perfectamente peinados que visten su mejor camisa, esa de cuadritos tan famosa, y sus mejores zapatos. También es un desfile de modas, una pasarela de miradas.

Muchas nuevas bandas por escuchar, imposible estar en todos lados. Increíble que sea tanto para tan poco, tener las ganas pero no el tiempo. Decidir con un volado o con el corazón a qué banda sacrificas por otra. La primera edición fue Pixies, la segunda Portishead, y, en esta tercera, Suede y New Order. Nada más.

Sábado de gloria
Largo día el sábado para los que queríamos ver a Brett Anderson y compañía, un sueño hecho música, un deseo que sentimos cuando nos dimos cuenta cómo la piel se iba entumiendo, un antes y después cuando Suede regresó al escenario y cerró con Saturday Night (primera banda en la historia del festival que hace un encore). En el mismo horario, Franz Ferdinand tocaba para las generaciones más jóvenes, aquellas que poco o nada saben que Suede marcó pauta para enseñarle a Oasis o Blur cómo se debía hacer el Brit Pop. De un lado la historia, del otro la novedad.

Qué mejor que un cielo de matices rojos cuando el viento corría para sentarse a escuchar a Iron and Wine. Sí, dije sentarse y escuchar lo creíble que resultan. No hablamos, pusimos atención a lo que esta banda americana nos quiso decir. Después The Kills, con una mujer al frente que no le pide nada a las grandes como Joan Jett. Performance incluido con un set de percusionistas que marcaban el ritmo de todas y cada una de las canciones.

El cierre con The Hives, que, más que una banda, son un show completo. Howlin’ Pelle sabe su trabajo, le pagan por ser uno de los mejores frontman, con un ego que es parte de su personaje. Un cretino adorable que termina haciéndote bailar y exigiéndote más y más conforme el espectáculo avanza. Las señoritas y los señores comprobaron que era “el mejor hombre del rock and roll” y obedecieron cuando a punta de “yo tengo tiempo, ustedes tienen hemorroidos” hizo que todos nos sentáramos para terminar de forma explosiva la última canción “Tic Tic Boom”. “Magnificante”, diría en su mal español, para después gritar “les voy a hacer una cantata”. Así es como la sorpresa, la risa, el baile te llevan a aplaudirles más de tres minutos en los que se quedan pasmados en el escenario, mientras su rock garage de canciones que duran menos de dos minutos te desenfrenan a bailar. Lo mejor de The Hives son los “ninjas” que jalaban los cables, le pasaban su sombrero de copa a Pelle, tocaban el pandero, hacían coros y hasta animaban a la gente a aplaudir.

The Wallflowers y Jacob Dylan más parecido a su padre, desde su forma de interpretar hasta lo bien que su banda suena en vivo. “One headlight” fue lo de menos, esta fue una de las primeras bandas que le ofreció al público, que era poco, música bien hecha.


Domingo de resurrección

Literal tomamos la palabra resurrección después de que algunos fuimos los dos días. Piernas adoloridas, cabeza abotargada por el sol, piel roja, pero con el cuerpo pidiendo más música y el corazón bombeando más sangre cuando era el día de ver a New Order. No cabía una persona más en la explanada al momento en que estos ingleses con esa puntualidad exagerada daban paso a la historia. Gente bailando con lágrimas en los ojos, sin importar si lo hacían bien o mal. Era un momento muy personal, ese que no compartes con nadie, en el que sólo tú sabes qué estás sintiendo al escuchar el “regreso” de Joy Division y la imagen de Curtis en tu cabeza pensando que podría haber estado ahí. Me encontré a un chico que mandó a hacer su playera especial para ese día. No le interesaba ninguna otra banda, llegó a las 6 de la tarde para apartar lugar y estar cerca del escenario. Era imposible respirar dentro de tanta humanidad. La gente se movía a mares, chocábamos unos con otros, produciéndose un calor que pegaba en la piel y la ponía caliente. Rogábamos a las nubes que taparan un poco el sol pero hicieron caso omiso. No importó, entonces The Maccabees estaban en el escenario. Muchos los esperábamos; algunos sólo apartaban lugar para ver a Florence and The Machine que, nos guste o no, su música ha llegado hasta acá para poner en orden a las nuevas generaciones. Sorprendidos, vimos cuando Florence compartió escenario previo con The Maccabees para cantar “Thootpaste Kisses”. Otro premio a los que agradecemos tener música tan bien lograda como la que ellos hacen.

“¿Quiénes son esas?”, me preguntó un chico mientras hablaba por teléfono con alguien. “Tegan and Sara”, respondí. “Que son Teban y no sé qué”, soltó a su interlocutor. Él, como otros, no tenía idea de quiénes eran. Muchos sólo estaba ahí para acompañar a la novia o las amigas, que cantaron “Back in your head” o “Living Room”, canción con la que cerraron cuando caía la tarde. La primera vez de la banda en México mientras la gente inventaba nuevas maneras de hacerse ver formando pirámides de tres. Música de niñas, sí, unas Tegan and Sara que no suenan en radio; que aquí, en México, no han tenido un hit; que pocos las conocen pero que son imperdibles para los que nos gusta la música para “felicear”. Los hombres que nos acompañaban sólo nos vieron brincar y mover la cabeza de lado a lado con una sonrisa chueca. Ellas, nos movíamos; ellos, veían. Así también es la música.

Luego pudimos sentir y ver la mística que My Morning Jacket ofrecía en un escenario ideal con la noche ya encima. Otra banda que no es para bailar, es para disfrutar y experimentar algo nuevo. Músicos impecables con gran sonido que tenían a su público concentrado. El domingo se cerró de manera atropellada al poner a The Black Keys que, sin quitarles mérito, no lograron nada en vivo, pareciera que el escenario les quedó grande y nos quedaron a deber. Ya estábamos ahí, no nos íbamos a ir, pero hubiéramos querido algo espectacular que no sucedió.

The Vaccines, The Raveonettes, Die Antwoord, Slight Bells, Cat Power, Snow Patrol y M. Ward se quedaron en mi lista de los no vistos, pero no puedes tener todo. Cada año me hago más vieja, pero cada año el Capital supera mis expectativas. Cada vez está mejor organizado, más limpio, más rápido, más música, más bandas. Este tipo de festivales también se toman como un ritual a la amistad y al amor con la gente con la que decides ir. Momentos únicos y especiales que se dan sólo en este tipo de eventos, cuando logras juntar a dos o diez amigos con los cuales sabes que quieres pasar el día. Gente que conoce la canción que te emociona y que, cuando te ve llorar al escucharla, te abraza porque entiende el momento. Esa es la magia que da la música.

Basement Jaxx no fue lo que se esperaba y el DJ Set de Shadow aflojó cuando se dedicaron a poner dubstep. Puede que haya sido el agotamiento pero faltó un poco en la carpa Bizco que aparte de todo se escuchaba bastante mal

No importa si fuiste sólo a posar, no importa si sólo fuiste por pertenecer a algún lugar, no importa si sólo fuiste porque pudiste, aunque no conocieras más que a una banda, o fueras a pedir las canciones clásicas; si saliste de ahí con una canción que te voló el corazón o una banda que llamó tus sentidos, entonces valió la pena. Esa es la magia que da la música.

Qué difícil se me hace escoger los mejores momentos de este Corona Capital pero, si tuviera que decidir uno, sería éste, en el que pongo punto final a dos días de historia e histeria que nunca olvidaré por la gente con la que estuve y por la música en vivo que, siempre que necesite, podré revivir en la cabeza y tocar en el corazón.

Corona Capital: Dos días de historia e histeria.

01 noviembre 2012




El mundo de la música y la literatura (y el arte en general) se rodea de ese halo de extrañeza y dudas cuando alguien muere bajo circunstancias “no normales”. Solo pienso en lo aburrido que sería tener una muerte de la cual nadie hablara y nadie preguntara qué pasó o quién me pasó.


Hay que suponer que la muerte uno también la puede elegir. Si así fuera, muchos quisiéramos que ésta fuera espectacular. No es lo mismo que te encuentre el forense tirado en el piso del baño por una sobredosis y el rastro de un corpiño de alguna prostituta, a que te mueras y tu cadáver nunca sea encontrado. Que tu muerte siga siendo un mito, que se hable de ella por muchos años, que sigan sin encontrar tu cuerpo, que se pregunten por qué no dejaste una nota de suicidio. Que tu muerte sea un motivo de dudas y cuestionamientos.
El mundo de la música y la literatura (y el arte en general) se rodea de ese halo de extrañeza y dudas cuando alguien muere bajo circunstancias “no normales”. Solo pienso en lo aburrido que sería tener una muerte de la cual nadie hablara y nadie preguntara qué pasó o quién me pasó.

1969 – Brian Jones (Rolling Stones) En la parte de tierra donde los restos de Jones descansan, un fanático dejó un mensaje donde le prometía que él buscaría la verdad de su muerte. Es cierto, Jones fue encontrado “ahogado” en la piscina de su casa donde hasta el día de hoy se sigue sin saber si fue homicidio o suicidio. Las teorías parecen más un juego de Clue o pelea de vecindad que una certeza.
Que si solo había tres personas, que no, que fue el constructor, que no, que eran más. Jones era asmático y consumía drogas como las Black Bombers, pero quedó descartada a la hora de la autopsia. Su muerte fue “caso cerrado” con un simple “ahogamiento por accidente” y todos los testigos que declararon estaban bajo la influencia de las drogas y el alcohol. Nunca más les pidieron rectificar sus declaraciones. El sospechoso principal fue el constructor Frank Thorogood, el cual nunca fue detenido. Una muerte parecida fue la de Jeff Buckley, que nadaba en un río cuando, sin más, desapareció y su cadáver fue encontrado seis días después sin aparentes rastros de drogas. La única persona que estuvo con él fue su mánager, quien afirmara que por un segundo volteó y no lo vio más.
Qué ganas de irte de este mundo mientras estás en calzoncillos, dijo la muerte.

1984 – Marvin Gaye. Sin saberlo ni planearlo, su muerte fue bastante sencilla (por llamarla de alguna manera poco ortodoxa). No hay drogas, situaciones extrañas ni nada parecido. Nada más parecido al amor de tus padres cuando te dan vida, al de ellos mismos cuando te la puedan quitar. Gaye murió a manos de su padre después de intervenir en una pelea entre él y su madre. La pistola con la que fue mandado a la otra dimensión sería la misma que le regalara a su padre unos años atrás. Uno más fue Dimebag Darrel, guitarrista de Pantera, quien fue asesinado por un fan desquiciado arriba del escenario. Antes de terminar la primera canción, el maniaco subió y a quemarropa disparó frente a miles de personas. Qué ganas de irte de este mundo por un disparo lleno de amor, dijo la muerte.

1977 - Michael Hutchence (INXS) así de peligroso y salvaje como era no se suicidó. O al menos eso es lo que Paula Yates (su viuda) defendió a muerte (valga la redundancia) cuando las teorías de su extraña partida de este mundo empezaron a circular. Se le encontró desnudo, ahorcado y colgado con un cinturón en la perilla de la puerta en una habitación de hotel. La autopsia dio positivo en Prozac. Rumores de prácticas sexuales poco convencionales, como el sadomasoquismo y asfixiofilia, llevaron a la muerte a Hutchence. De esta misma manera David Carradine fue encontrado muerto. Qué ganas de irte de este mundo sintiendo placer, dijo la muerte.

2009 - Charlie Cooper (Telefon Tel Aviv) dejó como nota suicida su último disco “Immolate Yourself”, que castellanizado significa algo así como “sacrifícate a ti mismo”. Tanto su compañero de banda como la prensa nunca confirmaron que así fuera. Tomemos la suposición y la leyenda, que es más bonita que la realidad. Las canciones de ese disco y una última entrevista que ofreció daban pistas de que el tipo no andaba bien de las emociones: “En este disco quisimos adornar nuestras más depresivas y suicidas letras con ritmos más rápidos. Los momentos catastróficos los tratamos de seducir para convertirlos en inspiración”. Dos días después de que el disco salió a la venta, Charlie se suicidó. Muy parecida la muerte de Ian Curtis (vocalista de Joy Divison), que a una semana de empezar su gira por EU se suicida escuchando el disco “The Idiot”, de Iggy Pop. Qué ganas de irte de este mundo cantando, dijo la muerte.

Sobredosis, depresión, locura, accidentes en carretera son el común denominador en el mundo del arte. Pocas veces nos encontramos con muertes tan difíciles de entender porque no llevan una circunstancia lógica y comprensible. Algunos no querían morir y sin embargo lo hicieron bajo las maneras más absurdas.
“Muere el hombre, nace el mito” dicen cuando el arte pierde a uno de sus miembros. Todos se vuelven genios una vez que están del otro lado. Si suponemos que la muerte la podemos elegir, qué ganas de ser espectacular como ellos cuando me muera, no lo dice la muerte, lo digo yo.

Artículo publicado para Milenio. Nov- 01-2012

No lo dice la muerte, lo digo yo.