16 noviembre 2012

Corona Capital: Dos días de historia e histeria.

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Qué difícil se me hace escoger los mejores momentos de este Corona Capital que, por mucho, se ha llevado de filo ser el mejor de las tres ediciones. Los organizadores agregaron un día más, lo cual quiere decir que muchos nos quedamos partidos a la mitad, tanto corporalmente como de asombro. Este cartel se tiene que superar o al menos igualar el próximo año.

Cada año más gente va a este evento aunque conozca sólo a dos o tres bandas. Muchos se dan el lujo de, en verdad, ir a conocer y escuchar; a otros no les interesa la música, sólo van porque pueden y también está bien, es el evento del año, pocos se quedan fuera. Es el momento ideal de ponerte esa ropa que nunca usas, aquí se vale de todo. Colores en la cara, combinaciones estrafalarias, looks exóticos. Princesas indies o punks o alternativas que no pierden el estilo nunca, a pesar del calor y sudor que amenazaban con exterminar ese maquillaje impecable. Al menor indicio de daño tenían en la mano un espejo. Superhéroes perfectamente peinados que visten su mejor camisa, esa de cuadritos tan famosa, y sus mejores zapatos. También es un desfile de modas, una pasarela de miradas.

Muchas nuevas bandas por escuchar, imposible estar en todos lados. Increíble que sea tanto para tan poco, tener las ganas pero no el tiempo. Decidir con un volado o con el corazón a qué banda sacrificas por otra. La primera edición fue Pixies, la segunda Portishead, y, en esta tercera, Suede y New Order. Nada más.

Sábado de gloria
Largo día el sábado para los que queríamos ver a Brett Anderson y compañía, un sueño hecho música, un deseo que sentimos cuando nos dimos cuenta cómo la piel se iba entumiendo, un antes y después cuando Suede regresó al escenario y cerró con Saturday Night (primera banda en la historia del festival que hace un encore). En el mismo horario, Franz Ferdinand tocaba para las generaciones más jóvenes, aquellas que poco o nada saben que Suede marcó pauta para enseñarle a Oasis o Blur cómo se debía hacer el Brit Pop. De un lado la historia, del otro la novedad.

Qué mejor que un cielo de matices rojos cuando el viento corría para sentarse a escuchar a Iron and Wine. Sí, dije sentarse y escuchar lo creíble que resultan. No hablamos, pusimos atención a lo que esta banda americana nos quiso decir. Después The Kills, con una mujer al frente que no le pide nada a las grandes como Joan Jett. Performance incluido con un set de percusionistas que marcaban el ritmo de todas y cada una de las canciones.

El cierre con The Hives, que, más que una banda, son un show completo. Howlin’ Pelle sabe su trabajo, le pagan por ser uno de los mejores frontman, con un ego que es parte de su personaje. Un cretino adorable que termina haciéndote bailar y exigiéndote más y más conforme el espectáculo avanza. Las señoritas y los señores comprobaron que era “el mejor hombre del rock and roll” y obedecieron cuando a punta de “yo tengo tiempo, ustedes tienen hemorroidos” hizo que todos nos sentáramos para terminar de forma explosiva la última canción “Tic Tic Boom”. “Magnificante”, diría en su mal español, para después gritar “les voy a hacer una cantata”. Así es como la sorpresa, la risa, el baile te llevan a aplaudirles más de tres minutos en los que se quedan pasmados en el escenario, mientras su rock garage de canciones que duran menos de dos minutos te desenfrenan a bailar. Lo mejor de The Hives son los “ninjas” que jalaban los cables, le pasaban su sombrero de copa a Pelle, tocaban el pandero, hacían coros y hasta animaban a la gente a aplaudir.

The Wallflowers y Jacob Dylan más parecido a su padre, desde su forma de interpretar hasta lo bien que su banda suena en vivo. “One headlight” fue lo de menos, esta fue una de las primeras bandas que le ofreció al público, que era poco, música bien hecha.


Domingo de resurrección

Literal tomamos la palabra resurrección después de que algunos fuimos los dos días. Piernas adoloridas, cabeza abotargada por el sol, piel roja, pero con el cuerpo pidiendo más música y el corazón bombeando más sangre cuando era el día de ver a New Order. No cabía una persona más en la explanada al momento en que estos ingleses con esa puntualidad exagerada daban paso a la historia. Gente bailando con lágrimas en los ojos, sin importar si lo hacían bien o mal. Era un momento muy personal, ese que no compartes con nadie, en el que sólo tú sabes qué estás sintiendo al escuchar el “regreso” de Joy Division y la imagen de Curtis en tu cabeza pensando que podría haber estado ahí. Me encontré a un chico que mandó a hacer su playera especial para ese día. No le interesaba ninguna otra banda, llegó a las 6 de la tarde para apartar lugar y estar cerca del escenario. Era imposible respirar dentro de tanta humanidad. La gente se movía a mares, chocábamos unos con otros, produciéndose un calor que pegaba en la piel y la ponía caliente. Rogábamos a las nubes que taparan un poco el sol pero hicieron caso omiso. No importó, entonces The Maccabees estaban en el escenario. Muchos los esperábamos; algunos sólo apartaban lugar para ver a Florence and The Machine que, nos guste o no, su música ha llegado hasta acá para poner en orden a las nuevas generaciones. Sorprendidos, vimos cuando Florence compartió escenario previo con The Maccabees para cantar “Thootpaste Kisses”. Otro premio a los que agradecemos tener música tan bien lograda como la que ellos hacen.

“¿Quiénes son esas?”, me preguntó un chico mientras hablaba por teléfono con alguien. “Tegan and Sara”, respondí. “Que son Teban y no sé qué”, soltó a su interlocutor. Él, como otros, no tenía idea de quiénes eran. Muchos sólo estaba ahí para acompañar a la novia o las amigas, que cantaron “Back in your head” o “Living Room”, canción con la que cerraron cuando caía la tarde. La primera vez de la banda en México mientras la gente inventaba nuevas maneras de hacerse ver formando pirámides de tres. Música de niñas, sí, unas Tegan and Sara que no suenan en radio; que aquí, en México, no han tenido un hit; que pocos las conocen pero que son imperdibles para los que nos gusta la música para “felicear”. Los hombres que nos acompañaban sólo nos vieron brincar y mover la cabeza de lado a lado con una sonrisa chueca. Ellas, nos movíamos; ellos, veían. Así también es la música.

Luego pudimos sentir y ver la mística que My Morning Jacket ofrecía en un escenario ideal con la noche ya encima. Otra banda que no es para bailar, es para disfrutar y experimentar algo nuevo. Músicos impecables con gran sonido que tenían a su público concentrado. El domingo se cerró de manera atropellada al poner a The Black Keys que, sin quitarles mérito, no lograron nada en vivo, pareciera que el escenario les quedó grande y nos quedaron a deber. Ya estábamos ahí, no nos íbamos a ir, pero hubiéramos querido algo espectacular que no sucedió.

The Vaccines, The Raveonettes, Die Antwoord, Slight Bells, Cat Power, Snow Patrol y M. Ward se quedaron en mi lista de los no vistos, pero no puedes tener todo. Cada año me hago más vieja, pero cada año el Capital supera mis expectativas. Cada vez está mejor organizado, más limpio, más rápido, más música, más bandas. Este tipo de festivales también se toman como un ritual a la amistad y al amor con la gente con la que decides ir. Momentos únicos y especiales que se dan sólo en este tipo de eventos, cuando logras juntar a dos o diez amigos con los cuales sabes que quieres pasar el día. Gente que conoce la canción que te emociona y que, cuando te ve llorar al escucharla, te abraza porque entiende el momento. Esa es la magia que da la música.

Basement Jaxx no fue lo que se esperaba y el DJ Set de Shadow aflojó cuando se dedicaron a poner dubstep. Puede que haya sido el agotamiento pero faltó un poco en la carpa Bizco que aparte de todo se escuchaba bastante mal

No importa si fuiste sólo a posar, no importa si sólo fuiste por pertenecer a algún lugar, no importa si sólo fuiste porque pudiste, aunque no conocieras más que a una banda, o fueras a pedir las canciones clásicas; si saliste de ahí con una canción que te voló el corazón o una banda que llamó tus sentidos, entonces valió la pena. Esa es la magia que da la música.

Qué difícil se me hace escoger los mejores momentos de este Corona Capital pero, si tuviera que decidir uno, sería éste, en el que pongo punto final a dos días de historia e histeria que nunca olvidaré por la gente con la que estuve y por la música en vivo que, siempre que necesite, podré revivir en la cabeza y tocar en el corazón.

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