Qué difícil se me hace escoger los
mejores momentos de este Corona Capital que, por mucho, se ha llevado de
filo ser el mejor de las tres ediciones. Los organizadores agregaron un
día más, lo cual quiere decir que muchos nos quedamos partidos a la
mitad, tanto corporalmente como de asombro. Este cartel se tiene que
superar o al menos igualar el próximo año.
Cada año más gente va a este evento aunque conozca sólo a dos o tres
bandas. Muchos se dan el lujo de, en verdad, ir a conocer y escuchar; a
otros no les interesa la música, sólo van porque pueden y también está
bien, es el evento del año, pocos se quedan fuera. Es el momento ideal
de ponerte esa ropa que nunca usas, aquí se vale de todo. Colores en la
cara, combinaciones estrafalarias,
looks exóticos. Princesas
indies o punks o alternativas que no pierden el estilo nunca, a pesar
del calor y sudor que amenazaban con exterminar ese maquillaje
impecable. Al menor indicio de daño tenían en la mano un espejo.
Superhéroes perfectamente peinados que visten su mejor camisa, esa de
cuadritos tan famosa, y sus mejores zapatos. También es un desfile de
modas, una pasarela de miradas.
Muchas nuevas bandas por escuchar, imposible estar en todos lados.
Increíble que sea tanto para tan poco, tener las ganas pero no el
tiempo. Decidir con un volado o con el corazón a qué banda sacrificas
por otra. La primera edición fue Pixies, la segunda Portishead, y, en
esta tercera, Suede y New Order. Nada más.
Sábado de gloria
Largo día el sábado para los que
queríamos ver a Brett Anderson y compañía, un sueño hecho música, un
deseo que sentimos cuando nos dimos cuenta cómo la piel se iba
entumiendo, un antes y después cuando Suede regresó al escenario y cerró
con Saturday Night (primera banda en la historia del festival que hace
un encore). En el mismo horario, Franz Ferdinand tocaba para las
generaciones más jóvenes, aquellas que poco o nada saben que Suede marcó
pauta para enseñarle a Oasis o Blur cómo se debía hacer el Brit Pop. De
un lado la historia, del otro la novedad.
Qué mejor que un cielo de matices rojos cuando el viento corría para
sentarse a escuchar a Iron and Wine. Sí, dije sentarse y escuchar lo
creíble que resultan. No hablamos, pusimos atención a lo que esta banda
americana nos quiso decir. Después The Kills, con una mujer al frente
que no le pide nada a las grandes como Joan Jett. Performance incluido
con un set de percusionistas que marcaban el ritmo de todas y cada una
de las canciones.
El cierre con The Hives, que, más que una banda, son un show
completo. Howlin’ Pelle sabe su trabajo, le pagan por ser uno de los
mejores
frontman, con un ego que es parte de su personaje. Un
cretino adorable que termina haciéndote bailar y exigiéndote más y más
conforme el espectáculo avanza. Las señoritas y los señores comprobaron
que era “el mejor hombre del rock and roll” y obedecieron cuando a punta
de “yo tengo tiempo, ustedes tienen hemorroidos” hizo que todos nos
sentáramos para terminar de forma explosiva la última canción “Tic Tic
Boom”. “Magnificante”, diría en su mal español, para después gritar “les
voy a hacer una cantata”. Así es como la sorpresa, la risa, el baile te
llevan a aplaudirles más de tres minutos en los que se quedan pasmados
en el escenario, mientras su rock
garage de canciones que duran
menos de dos minutos te desenfrenan a bailar. Lo mejor de The Hives son
los “ninjas” que jalaban los cables, le pasaban su sombrero de copa a
Pelle, tocaban el pandero, hacían coros y hasta animaban a la gente a
aplaudir.
The Wallflowers y Jacob Dylan más parecido a su padre, desde su forma
de interpretar hasta lo bien que su banda suena en vivo. “One
headlight” fue lo de menos, esta fue una de las primeras bandas que le
ofreció al público, que era poco, música bien hecha.
Domingo de resurrección
Literal tomamos la palabra resurrección después de que algunos fuimos
los dos días. Piernas adoloridas, cabeza abotargada por el sol, piel
roja, pero con el cuerpo pidiendo más música y el corazón bombeando más
sangre cuando era el día de ver a New Order. No cabía una persona más en
la explanada al momento en que estos ingleses con esa puntualidad
exagerada daban paso a la historia. Gente bailando con lágrimas en los
ojos, sin importar si lo hacían bien o mal. Era un momento muy personal,
ese que no compartes con nadie, en el que sólo tú sabes qué estás
sintiendo al escuchar el “regreso” de Joy Division y la imagen de Curtis
en tu cabeza pensando que podría haber estado ahí. Me encontré a un
chico que mandó a hacer su playera especial para ese día. No le
interesaba ninguna otra banda, llegó a las 6 de la tarde para apartar
lugar y estar cerca del escenario. Era imposible respirar dentro de
tanta humanidad. La gente se movía a mares, chocábamos unos con otros,
produciéndose un calor que pegaba en la piel y la ponía caliente.
Rogábamos a las nubes que taparan un poco el sol pero hicieron caso
omiso. No importó, entonces The Maccabees estaban en el escenario.
Muchos los esperábamos; algunos sólo apartaban lugar para ver a Florence
and The Machine que, nos guste o no, su música ha llegado hasta acá
para poner en orden a las nuevas generaciones. Sorprendidos, vimos
cuando Florence compartió escenario previo con The Maccabees para cantar
“Thootpaste Kisses”. Otro premio a los que agradecemos tener música tan
bien lograda como la que ellos hacen.
“¿Quiénes son esas?”, me preguntó un chico mientras hablaba por
teléfono con alguien. “Tegan and Sara”, respondí. “Que son Teban y no sé
qué”, soltó a su interlocutor. Él, como otros, no tenía idea de quiénes
eran. Muchos sólo estaba ahí para acompañar a la novia o las amigas,
que cantaron “Back in your head” o “Living Room”, canción con la que
cerraron cuando caía la tarde. La primera vez de la banda en México
mientras la gente inventaba nuevas maneras de hacerse ver formando
pirámides de tres. Música de niñas, sí, unas Tegan and Sara que no
suenan en radio; que aquí, en México, no han tenido un hit; que pocos
las conocen pero que son imperdibles para los que nos gusta la música
para “felicear”. Los hombres que nos acompañaban sólo nos vieron brincar
y mover la cabeza de lado a lado con una sonrisa chueca. Ellas, nos
movíamos; ellos, veían. Así también es la música.
Luego pudimos sentir y ver la mística
que My Morning Jacket ofrecía en un escenario ideal con la noche ya
encima. Otra banda que no es para bailar, es para disfrutar y
experimentar algo nuevo. Músicos impecables con gran sonido que tenían a
su público concentrado. El domingo se cerró de manera atropellada al
poner a The Black Keys que, sin quitarles mérito, no lograron nada en
vivo, pareciera que el escenario les quedó grande y nos quedaron a
deber. Ya estábamos ahí, no nos íbamos a ir, pero hubiéramos querido
algo espectacular que no sucedió.
The Vaccines, The Raveonettes, Die
Antwoord, Slight Bells, Cat Power, Snow Patrol y M. Ward se quedaron en
mi lista de los no vistos, pero no puedes tener todo. Cada año me hago
más vieja, pero cada año el Capital supera mis expectativas. Cada vez
está mejor organizado, más limpio, más rápido, más música, más bandas.
Este tipo de festivales también se toman como un ritual a la amistad y
al amor con la gente con la que decides ir. Momentos únicos y especiales
que se dan sólo en este tipo de eventos, cuando logras juntar a dos o
diez amigos con los cuales sabes que quieres pasar el día. Gente que
conoce la canción que te emociona y que, cuando te ve llorar al
escucharla, te abraza porque entiende el momento. Esa es la magia que da
la música.
Basement Jaxx no fue lo que se esperaba y
el DJ Set de Shadow aflojó cuando se dedicaron a poner dubstep. Puede
que haya sido el agotamiento pero faltó un poco en la carpa Bizco que
aparte de todo se escuchaba bastante mal
No importa si fuiste sólo a posar, no
importa si sólo fuiste por pertenecer a algún lugar, no importa si sólo
fuiste porque pudiste, aunque no conocieras más que a una banda, o
fueras a pedir las canciones clásicas; si saliste de ahí con una canción
que te voló el corazón o una banda que llamó tus sentidos, entonces
valió la pena. Esa es la magia que da la música.
Qué difícil se me hace escoger los mejores momentos de este Corona
Capital pero, si tuviera que decidir uno, sería éste, en el que pongo
punto final a dos días de historia e histeria que nunca olvidaré por la
gente con la que estuve y por la música en vivo que, siempre que
necesite, podré revivir en la cabeza y tocar en el corazón.