Cuando salí de la secundaría, no sabía qué quería ser. Si, ser; no hacer. Sabía que me quedaban tres años más para echar decentemente la hueva, mis siguientes años de preparatoria. Pasé por la fase de querer ser cajera de algún supermercado, por la fase de querer trabajar en un Blockbuster y por la fase de querer laborar en una librería.
Jupichabela estudió por las mismas razones que yo y, al igual que yo, esperaba que la vida le diera una señal de “para qué soy buena”. Cansada de trabajar para alguien más, se dedicó a buscarse la vida por sí misma. Empezó por repartir suplementos para oficina. A lomo de burro, cargaba garrafones de agua, litros de limpiadores genéricos, papel de baño por kilo. Cualquier cosa inverosímil que se le ocurriera al cliente, ella lo conseguía. Al poco tiempo, se dio cuenta de que eso de pararse a las cinco de la mañana e ir de la de Portales hasta Valle de Chalco a entregar pedidos de doscientos pesos no le convenía y dejó su chambita alternativa. Jupichabela núnca se cansó de llamarme diez veces a la semana, para ver si en mi oficina se nos ofrecía algo. “No..., por veinteava vez no, Jupichabela; no me calientes el plato, soy tu amiga, trátame como tal, deja de pensar que sólo por eso te voy a hacer proveedora de papel de baño para mi oficina”.
Juanapichu, por otro lado, pensó que sería gran idea sacarle provecho a su visa, mientras también paciente esperaba la señal de “eres buena para esto”. Se iba una vez al mes a McCallen, para comprar fayuquita y venderla entre sus amistades. Llegaba con saldos de Macy's, calzoncitos de Victoria Secrets, cremitas para el cuerpo de Bath and Body, bolsas de Coach y hasta suplementos alimenticios. Emocionada, reunía en su casa a las mamás, primas, tías, amigas de las amigas, para mostrarles la mercancía. Siempre la veías con calculadora y libretita, mientras anotaba cuánto le iban a pagar las otras marras. Porque la pobre Juanpichu siempre lidiaba con esas viejas chotas y tacañas que le pedían extensiones de tiempo y ella les sonreía con esa cara blanda y borrosa de “yamechingaron otra vez” y les decía “sí, no hay problema” (ni modo de perder dinerito).
A mí siempre me ganaba la pena ajena y le compraba, porque me daba cosa imaginármela cargando un maletón con el pie ampollado y caminando por el mall.
Un día, el maldito destino las reunió; pero si no funcionaban por separado, menos juntas. ¿Quién les dijo que a partir de ese momento podrían ser organizadoras de eventos? ¿Quién les dijo a esas dos neuronas flojas que el instante de la iluminación había llegado? No eran suficientes sus múltiples fracasos individuales: ahora lo harían en conjunto. Dios.
Sus tarjetas de presentación tienen ositos y globos y dicen “Junapichu Bolaños. Planeadora de Baby Showers”. ¿Cómo? Estos dos especímenes viven para hacerte creer que lo que ellas hacen te va a cambiar la vida. A base de un monólogo retórico y cansado, hablan horas sin parar de lo que pueden hacer por ti y tus invitadas para que se la pasen regio. Que si quieres hotcakes con figura de pañal o la paleta de mamut con la inicial, ellas lo hacen; que si el tema es hawaiano, te confeccionan las faldas de rafia amarilla. Claro, porque hacen fiestas “temáticas”.
Y así se les va la vida, jurando que son empresarias. Cuando se van a la cama por las noches, antes de persignarse piensan: “Esta vez sí la vamos a hacer” y se gastan un año paradas con un deterioro nervioso irreversible al ver pasar los meses y encontrar que no importa que llamen diario a sus amigas y conocidas, para regalarles casi los paquetes o los trapos que traen o lo que sea que hagan: continúan sumidas en ese hoyo negro del “sigo sin saber para qué soy buena”.
A mí, estas empresarias de cajón me provocan infección estomacal. Me dan muchas ganas de agarrarlas a trompadas y pedirles que por favor ya dejen de basurear con su vida de esa manera. Que estoy segura de que son buenas para algo, pero que por favor dejen de papalotear su mentecilla de tucán y busquen hacer algo más sencillo, más de acuerdo a sus capacidades y se dejen de inventar profesiones.
Todos en esta vida tenemos una función. Me da igual lo que ellas hagan con su vida, pero que se detengan y no sigan intentando hacerme comprar en abonos chiquitos o venderme jabones genéricos hechos con sus manitas…, sólo por que me da penita verlas hacer eso. Si eres buena para la fiesta, eso no quiere decir que lo seas para ocupar un puesto de relaciones públicas. Si acaso, eres buena para ponerte una botarga, pararte en un alto y ponerte a bailar.
Artículo publicado en "La Mosca" / Mayo 2010


2 comentarios:
Nena,
Como todas tus entradas, esta la disfruté muchisimo. Lamento que no son tan frecuentes como yo quisiera, y tengo que estar pendiente de cuando sale uno nuevo para devorarmelo.
Te invito a que leas mis propias entradas en absolutbrot... ya me dirás que te parecen.
Saludos,
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