Aquellos humanos que por momentos prolongados sentimos una
extraña necesidad de no tener contacto con ningún otro espécimen de nuestra
misma raza. A aquellos a los que la desidia y la pereza física y emocional no
nos deja movernos de un lugar en el cual nos encontramos solitariamente cómodos
y a casi todo respondemos con un: “no, gracias”.
Los rancios nos vamos echando a perder con el tiempo, nos
volvemos inflexibles y correosos hasta para las actividades más elementales y
básicas como tener sexo. La ranciedad se va adquiriendo con los años y se
empieza a hacer una rutina. “Sí, puedes venir a mi casa, pero no te quedes a
dormir”. “Sí voy a la fiesta pero me
regreso a las once.” “Sí, te quiero, pero no tan cerca”.
El “pero” es lo que nos antecede a todo lo que deberíamos de
hacer con gusto, con ganas, con emoción, como cuando no éramos rancios.
Nuestros gustos, nuestras costumbres se van haciendo cada vez más arraigadas y
casi no hay poder humano que nos saque de ése lugar. Los rancios preferimos
no tener una noche llena de sexo animal con tal de no compartir nuestra cama
después de unos besos. ¡Qué horror dormir con alguien más! ¡Qué horror
compartir nuestra rutina matutina tan solitaria con otro!
También nos dan flojera los planes express, esos que
salen en horas indignas o para los cuales no estábamos preparados. Decimos que
no a una fiesta y buena compañía porque nos mata de desidia meternos a bañar. O
recibir una booty-call porque ya estamos en pijama y qué mortal pararnos de la
cama para manejar hasta una cama ajena donde también sabemos que no nos
quedaremos a abrazarnos y desayunar juntos (ver párrafo dos).
En fin, los rancios difícilmente salimos de nuestra zona
de seguridad porque lo más importante es nuestra comodidad y llegamos a
sacrificar hasta el instinto más animal con tal de no meternos a bañar a
deshoras. Y qué tal que en una de esas nos enamoramos y que el diablo nos cuide.



0 comentarios:
Publicar un comentario