
Desde que era una niña la música formó parte de mi educación. Iba desde The Rolling Stones hasta Aretha Franklin pasando por Willy Nelson. Mi mamá nos despertaba cantando “Here comes the sun” para irnos a la escuela y en el coche cantábamos a Tom Jones. Mientras mi papá y sus viajes a Houston en coche nos ponía a The Kinks o a Brenton Wood. ¿Como no amarla? ¿Cómo vivir sin ella?. La música a mi me envuelve y me cambia día con día. Cada canción que me gusta la vuelvo solo mía, la divierto, la significo, la sorprendo y me entrego.
Soy volátil, no me encasillo en un solo genero. Busco, pregunto, investigo, escucho, abro y a veces cierro puertas; me voy atrás, en medio y adelante; me lleno, me abotargo y me hincho de música. Para mí decír que solo me gusta el rock es cliché, decir que sólo me gusta el indi es moda; así como que sólo le entro a lo alternativo es presunción. Quien se jacte de ser un melómano va desde escuchar blues hasta trash metal, no necesariamente tiene que gustarte todo lo que oigas, pero no es justificación decír que no te gusta ese grupo o esa música porque estabas muy niño o porque tú solo oyes música “buena”. Que error más grave minimizar a un grupo o a un genero solo por que a ti no te gusta. Por encima de cualquier cosa yo me declaro fan de la música, no de un grupo no de un genero, de la música.
Con el tiempo yo sola empecé a elegir que quería oir y que no. Me fuí por todos los generos en mi adolescencia. Pase de Outfield , A Flock of Seagulls, Divo, Blondie, Super Tramp, hasta llegar a Rush, Cinderella, Poison, Van Halen, Metallica, Depeche Mode, Joy Division, The Cure, The Charlatans, The Smiths, Suede, Pulp. Pero también me es inevitable no hablar de Daft Punk, de los Beasty Boys, Muse, The Ramones, Dave Mathews Band o Manic Street Preachers; en fin podría llenar una hoja entera.
En mis años de estudiante yo guardaba hasta el último peso y prefería no ir a un café con las amigas e irme a Zorba de la Zona Rosa o a Hot Disco en Plaza Universidad y comprar mi viníl de INXS. Me rifaba el físico con mi madre a riesgo de que me desfigurara la cara cuando viera que le había metido cientos de pesos por un concierto importado de Japón del Use Your Illusion de Guns ‘n Roses. Me iba con amantes clandestinos a Pericoapa a buscar la clínica de batería de Mark Portnoy, me iba a Tower Records de la Zona Rosa a buscar libros de música los sábados en la mañana. Lloré noches enteras cuando no me quisieron llevar a ver a Bon Jovi a Querétaro; y aguantaba los gritos desaforados cuando llegaba el estado de cuenta de mi madre y veía que había miles de pesos en boletos para conciertos, que claro, ella tenía que patrocinar.
Musicalizo mi vida, mis cotidianidades, mis amores, mis tristezas, mis normalidades. Mi memoria musical va atada a mi estomago, olfato, vista, tacto y por sobre todo a mi corazón. Una sin la otra no podrían existir en mi. Por eso me emociona ver conciertos. Ahora me tocó ver que Styx vendría por primera vez a México. Cuando escuche “Too much time in my hands” me acordé de cuando me quedaba viendo horas MTV y grababa en Beta los videos que me gustaban, los veía una y otra vez. El sábado que vi a Coldplay y tocaron “Yellow” me acordé que estaba oyendo esa canción cuando me avisaron del suicidio de mi mejor amiga. El domingo que ví a Dream Theater me acordé de la primera vez que me tomaron de la mano un anoche estrellada en Monterrey y me dijeron “te amo”. Y cada vez que asisto a un concierto es inevitable sentín un hilito de tristeza extraña que se me queda atorada en el corazón por días enteros. ¿Sentir eso será lo que llaman vivír?
Es indescriptible la sensación cuando estás en el momento en que suenan los primeros acordes de “esa” canción y el estomago te da la vuelta, porque sabes que viene. Esa excitación, esa adrenalina no te la da ni la mejor droga sintética. Simplemente algo pasa, no se qué, cómo, o porqué; escuchar en vivo por lo menos una canción del soundrtack de mi vida y sentír ese escalofrio que me recorre la espina dorsal o limpiarme esa lágrima que se me salió es magia.
Por eso en menos de una semana salté del soft rock de Styx al brit pop de Coldplay al progresivo de Dream Theater. Yo no soy fan de nadie, sólo de sentír como mi corazón salta con cada beat, un acorde y una voz afinada. Soy fan de la música y de lo que la música ha hecho por mi, soy fan de mi memoria retentiva. Porque a cada concierto al que voy me recuerdan un pedazo de mi vida, de mi memoria que no me permite olvidar, de mis padres, de mi hermana, de mis amigos, de los vivos y de los muertos y me acuerdo de mi.
Así como el frío o el calor, o la sed o el hambre me recuerdan comer o taparme, la música en vivo me recuerda que debo sentir.
No necesitas ser fan para apreciar, agradecer y estremecerte con la música.
Artículo publicado en Terra Colombia y Argentina.
Marzo 10, 2010




5 comentarios:
por eso #soytufan !!!
coincido plenamente, toda la musica, la musica toda, tiene su momento.
XD
Al leer tu post sólo digo ante ti me quito el sombrero y me pongo de pie.
Muy cierto lo que mencionas.
Para mi la música me marca momentos y asi voy llenando mi tatema, de hecho como lo dices no necesitas ser fan para reconocer lo bueno lo malo y lo que te hace vibrar.
Este es mi primer comment el primero de mucho mi nennis, cuidate y te seguiré leyendo porsupollo
Bien dicen que si la musica, sin importar el tipo que esta sea, te hace mover una parte del cuerpo, es que es buena musica....
Hermoso :')
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