10 octubre 2012


 

Cuenta la leyenda que cuando vas a morir, lo sabes. Yo lo supe el sábado por la mañana. Me desperté con una opresión en el pecho que me dificultaba la respiración, sentía los músculos del cuerpo como ligas. De el corazón ni hablamos, era el órgano más maltrecho. ¿Y el alma? No sé, andaba de vacaciones. No, no era un malestar físico el que me estaba llevando a pensar que probablemente moriría, era algo más. Era un presentimiento. Era un saber que sólo sabes, que sólo sientes y que no se lo puedes decir a nadie porque se reirían de ti. Yo lo sabía, me iba a morir pronto.

Tomé café pensando que probablemente sería el último. No sé si fue por mi presentimiento pero,  fue la primera vez que le puse tanta atención a la preparación y observé paso por paso lo que mis manos hacían. Me quedé viendo fijamente el cronómetro que marca el microondas 2:10 minutos, de adelante para atrás. ¿Qué pasaría si yo pudiera irme de adelante para atrás? Nada, haría las mismas pendejadas que he hecho. Supongo.

El primer sorbo de café lo tomé como una condenada sabiendo que era el último, cerré los ojos y sólo pensé que qué lástima que a donde yo fuera no iba a existir esto nunca más. Se me dificultó el trago porque las lágrimas se me atoraron justo ahí, en la traquea. Empecé a llorar. No sabía que no pararía.

Me quedé parada en medio de la sala con la taza caliente entre las manos y mis ojos se posaron en todos y cada uno de los objetos que adornan o habitan mi casa. Todos ellos tienen una historia que contar y ahora que yo me muera se quedarían en el olvido. Corrí a mi escritorio. Tomé unas fichas bibliográficas, una pluma y empecé a escribir una pequeña reseña de cada objeto.

"Este poster de Kandinski lo compré en un museo en Berlín, recuerdo que me aburrió la exposición. No soy mujer de museos". Y así, empecé a escribir lo más relevante, lo más significante. Todos merecemos una historia y mis objetos también. Alguien tenía que contar su origen cuando yo ya no estuviera. Puede ser que lo único que quería era dejar una prueba de que sí estuve viva, de que sí disfruté mi vida.

Terminé la tarea un poco cansada pero no podía parar, era ahora o nunca, me quedaban pocas horas de vida y tenía que aprovecharlas en mí. Me senté enfrente de la computadora y empecé a borrar cualquier historial vergonzoso que pudiera ser agresivo para mi madre. Estaba segura que cuando le avisaran de mi muerte, ella o mi hermana o alguien iban a arreglar mis cosas para donarlas, regalarlas o tirarlas. No quería que encontraran nada vergonzoso. Borré correos, fotografías, cartas. Sólo deje mi música. Escribí en un post-it con todas las contraseñas de mis correos, de mi blog, de mi FaceBook, de mi Twitter y una nota que decía: "Favor de eliminar todas mis cuentas de cualquier lugar, no quiero ser una muerta con replies, mensajes en mi muro de Facebook o un correo".

Lo mismo hice con mi celular. Borré todas las fotos pero dejé todos los contactos, quien me encontrara muerta tendría que llamarle a alguien, ¿no? Eso indica la lógica. Si algo me ha enseñado CSI es que llaman al último número marcado, así que le hice una llamada perdida a mi madre ya que mis registros de teléfonos no tienen el típico "mamá, casa, hermana, oficina, abogado, contador". Tengo claves de nombres, ya saben, uno que es paranoica y que piensa en las extorsiones telefónicas. A mi padre lo tengo como "Paul MacCartney", a mi madre como "Holly Golightly" y a mi hermana como "Elizabeth de Bathory". Entre lágrimas me reí al imaginar que quien encontrara mi cuerpo le llamaría a Holly Golightly y mi madre diría que no la conoce y que está equivocado. Me reía y lloraba.

Importante fue desbloquear la pantalla de mi iPod y de mi teléfono, pensé que si la muerte me agarraba en la calle la gente no iba a tener tiempo de estar adivinando cuatro numeritos, les facilité el trabajo y los desbloquée. Tiré los calcetines y los calzones que se veían viejos, que Alá me libre de que piensen que aún usaba esos trapos tan cómodos.

Me cayó la noche encima y mi presentimiento de muerte crecía. Pensé que morir de madrugada tiene un toque de glamour, pero tenía que apurarme a dejar las cosas en orden y bañarme para tener el cabello impecable. Pensé que si no moría este fin de semana, el lunes tendría que ir con un notario para dejar una carta donde indicara que mi coche se quedaba a nombre de mi hermana, que mis cuentas de banco a nombre de mi mamá. Todo esto, una vez más, con la idea de facilitarle las cosas a la gente que se quedaba. Que las vendieran, que se las quedaran, que las regalaran.

A esta hora de la madrugada, me explotaba la cabeza de tantos trámites, de tanto pensar, de tanto tirar, de tanto romper, de tanto borrar. Cuánta vida hay en una casa, cuántas historias caben en una fotografía, cuántos olvidos caben cuando rompes un papel, cuánto amor cabe en una carta borrada en Word. Qué afortunada fui, pensé. Mis ojos se hacían cada vez más chiquitos y mi cansancio era abrumador. Me fui a la cama, puse a Elvis Presley y antes de la segunda canción caí dormida. Domingo dos de la tarde y el teléfono me despertó. Era Holly Golightly asustada. "Pensé que te había pasado algo, te estoy llamando desde las diez de la mañana". Ay, mamá, si supieras.

Me levanté de la cama con la misma rutina. Ir directo a la cocina a preparar café. Se me cruzó el calendario de los Beatles que tengo colgado en el refrigerador. Era 15 de Julio del 2012. Se me cortó la respiración y todo se me vino de golpe, me senté en el piso de la cocina y rompí a llorar, otra vez. Ya entendí. Por fin.
Este domingo descubrí porque sentía que me iba a morir. Este domingo cumplía un año de haberme ido de ti. Mi mente bloqueó la fecha pero mi cuerpo tiene memoria propia. Sonreí. Ya entendí. Morí un poquito cuando nos dejé.

Cuenta la leyenda que cuando vas a morir, lo sabes. Yo morí un domingo 15 de Julio y resucité el mismo día. Y tú, ¿cuántas veces has muerto?

"Sing me to sleep
And then leave me alone
Don't try to wake me in the morning
'Cause I'll be gone
Don't feel bad for me
I want you to know
Deep in the cell of my heart
I will feel so glad to go"
The Smiths - Asleep.

El día en que morí.

18 septiembre 2012




El acto de canibalismo es un acto dramático tan inspirador y con un justo toque de fatalidad que, sus satánicas majestades, The Rolling Stones tomaron esta historia y la convirtieron en canción. Tan teatral que trascendió y se escribió un libro que vendió más de 20 millones de copias. Tan natural para que la mente que estuvo detrás de este crimen siga recordando a detalle esa noche y pueda dormir.

El amor y la luna de miel


Dos invitaciones a cenar, en la segunda la cena estaba servida. Le apuntó con un rifle y escuchó como su cuerpo caía lentamente mientras un mar de sangre empezaba a inundar la habitación. Después, silencio, el silencio que hace la muerte cuando grita. El día por el que había vivido estaba ahí. Qué difícil debe ser penetrar, besar y abrazar a un cadáver que no responde nada -aunque a veces pareciera que estaba viva-, besarle los labios y decirle “te amo”. Cortar un cuerpo, ver cómo se desparrama la grasa, los líquidos, la sangre es un espectáculo poco soportable, pero Issei tenía hambre, hambre de amor, su corazón latía al ritmo de una obsesión.

Cortar, destazar, acuchillar, arrancar, hundir hasta llegar al músculo y masticarlo lentamente. Inodoro, sin sabor, tan perfecto como una rebanada de atún. Carne de la mejor calidad. Preparar con mostaza y sal esas partes que iba metiendo al horno. Sentarse a la mesa con todo un ritual y usar su abrigo como servilleta. Seguir cortando más partes, seguir sirviendo, seguir comiendo. Pedazos de senos poco disfrutables, ya que tienen mucha grasa, carne de muslos perfectos. “La vi a los ojos que aún permanecían abiertos y le dije: muerta sabes mejor, estás deliciosa”. Finalmente ella ya estaba dentro de él, ya era suya.

Renée descuartizada en el cuarto de baño, donde después de 24 horas las moscas y el olor daban aviso de que ahí adentro había un hombre enamorado. Donde daban aviso que una mujer ya no estaba ahí y nadie sabía a dónde se había ido. La luna de miel había terminado. Romper un cuerpo como un niño que cuando se enoja rompe sus juguetes. Así fue como Issei rompió a Renée, masticando su clítoris, usando su mano blanca para masturbarse y después comerle los dedos. Meter las partes del cuerpo en bolsas. Cortar la cabeza para seguir admirando esa belleza occidental, morder su nariz perfecta, arrancar de un beso con dientes esa boca que tanto deseó besar cuando ella vivía. Ahora, su deseo se hizo realidad.

Meter las manos dentro del cuerpo de esta mujer y sentirla suya, por tres días dormir junto a los pedazos regados. Arrancar con todo el deseo y ojos llenos de lágrimas la lengua y ponérsela sobre la suya, tomarse una fotografía y admirar sus obra de arte.

Érase una vez


Issei nació en Kobe el 11 de junio de 1949 dentro de una familia acomodada. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Wako, en Tokyo, después se mudó a París a los 34 años para estudiar, un poco tarde, literatura contemporánea en La Sorbona. Siempre se le dificultó relacionarse con el sexo opuesto, no era fácil fijarse en un tipo con tantas desgracias genéticas al mismo tiempo. En una entrevista, él admite su fealdad y reconoce que tenía cierta obsesión por esas mujeres tan perfectas. Decía que sólo quería absorber su energía. Esa energía que sólo los dementes creen que obtendrán a cambio de su honor.

La primera vez que vio a su maestra de alemán pensó: “¿Será que me la podré comer?”. Ese pensamiento brutal lo llevó a saltarse por la ventana de la mujer. Para su suerte ella dormía, por lo que buscó algo con que matarla. Al escuchar ruidos, su maestra se despertó y gritó. Issei salió despavorido. En el transcurso de sus días y sus largas y perversas fantasías nocturnas pensó que la próxima vez que lo intentara no podría fallar. Nunca olvidó lo que más deseaba: comerse a una mujer.
“Yo sólo era una mujer que quería estudiar literatura”. Seguramente eso fue lo que Renée Hartevelt pensó cuando llegó a la Sorbona de París y conoció a Issei Sawaga.
Alta, de rasgos finos, blanca, sana y hermosa. Una hembra perfecta, lista para ser servida y que cada pedazo de piel fuera saboreado. Una mujer que, con esas características físicas, era obvio que nunca hubiera volteado a ver a un tipo petiso (1.52 m), mal comido, con voz afeminada, débil, feo de pies y manos chicas. Su único deseo era comérsela. Esa sería la única manera en que ella sería suya y sería para siempre.

En París, Issei rentó un pequeño departamento que tenía un escritorio que rozaba una cama individual, una pequeña cocineta , un refrigerador y un librero. Su mirada se posaba cada día en el cuerpo de Renée, esa holandesa que asistía a las mismas clases que él. Se enamoró de sus piernas, de sus labios, de sus nalgas y su lado oscuro le gritaba que podría demostrarle su amor consumiendo todas y cada una de sus extremidades.
Toda esa belleza quedó en partes, como un juego de rompecabezas que no sería unido, que sería guardado en bolsas dentro de un refrigerador cuando su comensal no pudo continuar con la cena.

Sin castigo, sólo fama
Issei fue visto cuando después de varios días decidió deshacerse del cadáver porque ya no podía vomitar más amor. Fue llevado a la cárcel parisina de donde su millonario padre pidió su traslado a un instituto psiquiátrico en Japón. Después de 15 meses de pruebas exhaustivas no se encontró ningún indicio de esquizofrenia, bipolaridad ni trastornos para poder medicarlo y encerrarlo. Issei salió libre después de sólo cinco años de prisión, incluso le fue otorgado un pasaporte alemán. Fue invitado a muchos programas para hablar de su crimen, del cual siempre se ha sentido orgulloso. Escribió cuatro libros y el más exitoso fue donde contaba detalladamente su crimen, vendiendo más de 200 mil copias.
Además, tuvo una columna en una revista japonesa donde escribía reseñas de restaurantes y comidas.


La cereza del pastel
La banda The Rolling Stones le escribió una canción llamada “Too Much Blood”:


” I want to dance, I want to sing.
I want to bust up everything.
And have some fun.
And make some love.
I can feel it everywhere
Feel it up above
Feel the tension in the air
There is too much blood, too much.
Pretty ladies, don’t be scared
Pretty ladies, don’t despair
There’s still so much love.


Su último deseo
Issei sigue vivo. En alguna parte del mundo el hombre que se comió a una mujer. Va al cine, tiene amigos, lleva una vida tan normal como cualquiera de nosotros pero tiene un deseo que lo diferencia del resto:
“Tengo una visión y mi último deseo es ser comido por una mujer, porque ese acto de canibalismo hacía mí es lo único que me va a poder salvar y estoy seguro que muerto mi sabor es mejor”.
Él sabe que el acto de canibalismo es, en sí, un acto dramático tan inspirador y con un justo toque de fatalidad como para que alguien más escriba un libro sobre cómo se comió a Issei Sagawa.



Muerta sabes mejor. Una historia de amor, música y literatura.

10 septiembre 2012






Def Leppard y Poison llegaron a la Ciudad de México este sábado pasado. El lugar, una Arena Ciudad de México nuevecita, intacta, de primer mundo. La gente desempolvó sus playeras que decían Hysteria con ese famoso logo de DF, o unas negras estampadas con las letras verdes de Poison. Esa gente que hace muchos años los vio en vivo por primera vez y que regresan hoy para recuperar sus recuerdos; esos que están guardados en una parte muy privada de la mente de cada quien.

“Cuando eras niño tu papá y yo llevamos a tu hermana y a ti a un concierto de Def Leppard, Joe Elliot te vio, te señaló y pidió que te subieran. Se acercó a ti y te cantó, tú cantaste con él”. Esa es la anécdota que alguna vez quisieras que tus papás te contaran una y otra vez.
El niño subió, se asombró, abrió mucho los ojos y la boca mientras un Elliot–por demás asombrado, también– le daba el micrófono para que coreara Armageddon It. Lo cargó y lo regresó a brazos de su papá.

Puedo imaginar que si estaban en primera fila con sus hijos es porque llegaron muy temprano. Puedo imaginar que si llevaron a sus hijos es porque tenían que hacerlos partícipes de esa música que para ellos fue una vida y hoy es muchas vidas después, tantas que tienen un hijo.
No es que la música de antes fuera mejor a la de hoy, no, sólo era diferente. Dos bandas que marcaron el ritmo, la moda, la declaración, la vida de finales de los ochenta y todos los noventa.

Ese glam rock, pop-rock, era un llamado a pasarla bien, a divertirse. Ya con el punk de los setentas habíamos tenido suficiente resistencia y rebeldía, ahora llegaban ellos para mostrar el lado disfrutable donde todos fuimos adolescentes, con su música hicimos las mejores locuras, nos enamoramos por primera vez y le lloramos a ese que pensábamos sería el amor de nuestra vida.
Una vida llena de muchas otras y cada canción hace que recuerdes un momento, un alguien, un algo. Dos bandas que después de veinticinco años siguen haciendo música y que, gracias a  la tenacidad y al amor por lo que hacen, siguen grabando. Los verdaderos shows de estadio fueron su sello. Cada una de esas bandas tenía un sonido que los caracterizaba y que incluso, aunque no cantara su vocalista, se sabía quiénes eran por el ritmo de la batería, el sonido específico de la guitarra. Bandas que siempre buscaron su propio lugar y que todas cupieron.

Música que incitaba a divertirte, a llenarte de fiesta (de alcohol y claro, de mujeres) y de las ya conocidas “powerballads”,todo gracias a bandas como Def Leppard y Poison. Bandas que después de muchos años, se siguen parando en un escenario e igual que antes, lo disfrutan más que nosotros. Muchas vidas después siguen juntos, con la misma fidelidad y lealtad con la que empezaron cuando tocaban en sus garages y bares de mala muerte. Es amor.
Moda excesiva, pantalones entubados, botas, camisas, tatuajes, pelo largo, leather pants, sin camisa, eso era la música en los 90. Llena de testosterona, llena de ser alguien, llena de caber en un lugar en la historia. Sólo pocos lo logran.
Una clase de historia, de cómo hacer música, de cómo se lleva el rock en las venas fue lo que vimos este sábado en una Arena repleta donde no cabía una sola persona más. Donde cada canción fue coreada en agradecimiento a esa música que ellos hicieron y que hoy a nosotros también nos forma. Dos bandas que cuando se suben al escenario saben lo que hacen, se nota que lo aman, se ríen, saludan al público, se acercan a ellos y terminando su show, se quedan con las luces prendidas dando una muestra de agradecimiento mientras la gente no para de gritarles y aplaudir.

Espero que el día de mañana a unos Raveonettes, The Vaccines, The Hives, y tantas y tantas bandas que hoy llenan cualquier lugar, los podamos ver juntos, parados haciendo lo que más les gusta y sigan grabando discos, sigan en giras, sigan sin darse por vencidos aunque la avalancha de jovencitos (como el niño que subió a cantar con Elliot) trate de sobre pasarlos haciendo más música con bandas que en dos años desaparecen o que graban un solo disco y se entierran en un One Hit Wonder.
Muchos años después, muchas décadas después, muchas vidas después podemos seguir hablando y escribiendo de Def Leppard y de Poison.


Agradecemos las fotos a TONY FRANCOIS, y el resto de las fotos pueden verlas en www.tono.tv



Muchos años después, muchas décadas después, muchas vidas después