
La R.A.E no acepta la palabra comodino (a). Para los académicos, lo correcto es comodón: “Dícese del amante de la comodidad y el regalo”. Pero la R.A.E sí acepta la palabra conchudo (a): “Dícese del llamado sinvergüenza, caradura, grosero y que no se afecta o se conmueve”.
¿Cuántas veces, al escuchar estas palabras, no me vienen a la mente mínimo cinco amigos/conocidos amantes de la conchudez o la comodidad, del cinismo avanzado y la huevonería intergaláctica?
El mundo se divide en dos: los que siempre traemos coche y los que dicen: “¿me das un aventón?”.
Estos últimos son los típicos malcriados a quienes les importa un cuerno si al salir de la oficina tienes otros planes y a los que difícilmente puedes decirles “no, lo siento, vete en metro”, ya que casi siempre la súplica-favor viene acompañada con cara de gitano en un aeropuerto. Son los que siempre voltearán la cara cuando de pagar el estacionamiento se trata, cuando de pagar al valet parking se trata, cuando de ponerle gasolina al coche se trata, porque de esos gastos tan pequeños el dueño del auto es quién se encarga y lo más que podrás obtener de esta escoria es que te den diez miserables pesos para “cooperar”. Y ahí vamos los que tenemos coche, sorteando zanjas, baches y barrios indeseables, por hacer un favor que se convierte después en obligación. Porque sí, lo muy estrechos se ofenden cuando les dices que no.
El mundo se divide en dos: los que siempre traemos cigarros y los que dicen: “¿me regalas un cigarro?”.
Siempre hay un vago entre el grupo de amigos o de oficina al cual no le interesa comprar una cajetilla de cigarros, aunque fume diario. No se le pasa por esa mentecilla de changüito juntar su cambio y comprar una. La mayoría de ellos no lo hace, no porque no tenga con qué, sino por conchudez. Siempre será más fácil cargarle la mano al pobre tarado que religiosamente cuida y alimenta su vicio y que, esté en dónde esté, invariablemente traerá sus cigarros. Los conchudos usan frases tan prostituidas como “es que estoy dejando de fumar”, “es que se me olvidó”, “luego te lo repongo” (yo cuido mis vicios y si le preguntas a un heroinómano, no te va a decir que se le olvidó su jeringa). Los tipos no te bajan de marra y te avientan una maldición judía cuando de decirles no se trata.
El mundo se divide en dos: los que siempre ordenamos la comida perfecta y los que dicen: “¿me das de tus papas?”.
A uno le entregan la carta y en menos de tres minutos ya sabe qué va a ordenar o incluso algunos sabemos de entrada qué es lo que queremos, mientras que el acechador recorre los ojos de un lado a otro y cuando llega el mesero, le cambia la orden más de tres veces. En cuanto llegan los platillos, el acechador recorre con ojos desmesurados la comida de todos los demás, para ver qué se le antojó del plato ajeno. Es el mismo que mete la mano a tu plato sin ni siquiera pedirte permiso y cuando lo hace, es porque sus garras ya las tiene metidas en tus papas a la francesa. “Disculpa, es que se me caía la baba, se ven buenísimas”. Parecen adiestrados para estirar la mano al menor descuido y toda la comida se la pasan halagando el plato de los demás, sólo con la cerda intención de que les vuelvas a ofrecer de tu ensalada, de tus papas a la francesa, de tu langosta: “es que se ve buenísimo eso que ordenaste”. El conchudo nunca será bueno para decidir su propia comida y a la novena vez que te la aplica, ofreces ordenar por él y se ofende. Mis platos nunca están a salvo de esos tentáculos de vagabundos carroñeros que sólo buscan meter sus garras en mis sagrados alimentos. Una cosa es que ofrezcas y otra que te manoseen.
El mundo se divide en dos: los que siempre que nos invitan a nosotros solos, vamos solos y los que dicen: “¿Puedo invitar a (inserte el nombre de una o varias remoras)”.
¿Por qué la gente es tan mal educada que siempre tiene que decirte si puede llevar a alguien, cuando no es que ya llegaron con tres fulanas a tu casa? No, las personas que organizamos una fiesta, una cena, un desayuno, jamás tomamos en cuenta que el agregado cultural va a venir a nuestros eventos. Y no, no puede venir esa vieja zorra con la que siempre cargas y no, no puedes llegar con el simio que tienes por amigo, porque siempre termina destrozando todo. Aprendan a que si los invitan a ustedes solos es a ustedes solos. Es de gente vulgar llevar a toda una comunidad jipiosa cargada por ustedes a todos lados.
El mundo se divide en dos: los que siempre pagamos lo que comemos y los que dicen: “¿me prestas para acompletar?”.
De todos los conchudos que he mencionado, creo que éste es el más prángana chupasangre de todos. Cada vez que llega la cuenta y entre todos se divide lo que comimos, las cuentas nunca salen, siempre falta dinero, porque esta larva tiene la habilidad de saltarse los cincuenta pesos de su tequila o los cuarenta y cinco de su café o los setenta y dos de su postre, porque sabe que en el grupo de amigos existe ese buen monje que generoso pone lo que falta. Por tercera vez, una maniática como yo hace las cuentas y si las hago no es porque no exista el dinero para cubrir ese faltante, es porque me relamo los bigotes de sólo pensar que puedo ridiculizar por quinta vez a ese parásito y echarle en cara que le faltó poner cien pesos. Al verse descubierto, con cara de rubio platinado dice: “cierto, perdón, se me pasó contar mis cuatro tequilas; ¿me prestas y luego te lo pago?”, a sabiendas de que esos cien pesos que ahora pones tú, nunca los verás de regreso. Si te hago las cuentas de veinte en cien, ya me debes hasta la pantaleta de tu tía. Y no, no es lo mismo zamparse un filete a la cereza de ciento ochenta pesos que una baguette de cuarenta, no me jodan, así no se dividen las cuentas.
Los comodinos usarán siempre todas las herramientas que tengan a la mano para lograr sus maquivelicos fines y siempre se saldrán con la suya, nunca pagarán valet parking, nunca irán a la tienda a comprar sus Baronet rojos, siempre pedirán el plato más horrendo de la carta, siempre llegaran a cualquier lado como si fueran La Banda Machos y sus treinta y nueve integrantes y andarán haciéndose los desvencijados mentales cuando de pagar la cuenta se trata. Al final, los conchudos, bolsones, ratas, cínicos, encajosos se saldrán con la suya… y ahora que ya se puede pasar saldo de un celular a otro, que el diablo nos agarre confesados.
Todos estos holgazanes son los típicos que te dicen: “pero si te mandé el mail hace horas, ¿a poco no te ha llegado?”, para tratar de cubrir sus múltiples fallas sociales. Son los que cada mañana olvidan agarrar la dignidad que dejan en la mesita de noche cada que se van a dormir. Son los mismos que día a día van afinando sus herramientas creativas para que, incautos y buenos samaritanos como tú y como yo, nos demos un cachetón en la frente cada que cedemos a sus más bajos pedinchismos.
Artículo publicado para La Mosca
Artículo publicado para La Mosca


5 comentarios:
Yo tenía un conocido igual de conchudo, no encima que el me introdujo al vicio del tabáco y el alcohol, siempre me hacía pagar lo de él, que porque el zangano no había sacado del ATM. ¬¬
Pensar que hace meses platicamos acerca de este post cuando casi nos atropellan tras un café. Me da gusto que finalmente haya visto la luz.
Aplausos
Me he reído muchísimo, totalmente cierto... Lo peor es cuando en la familia hay varios conchudos y en la cena de navidad tu llegas con la pierna en adobo y el otro ni siquiera pudo llevar las servilletas...
Creo que sin excepción cada uno de nosotros tiene por lo menos un conocido así...
Saludos...
No me puedo dejar de reir! Dios...conozco taaaanta gente así...y siempre llegan El Recodo con sus 55 integrantes a mis reuniones, "se les olvida la cartera", aplican el "pero si yo sólo me tomé una coca"...llegan y se chupan el whiskey cuando no trajeron ni unas tecates...que horror. Mala educación, vulgaridad, llámala como quieras...conchudez está bien.
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